"Ojalá hubiera sido diferente"...Siempre
esperando que las cosas sean como no son, nos empeñamos con esmero en
crear en nuestra imaginación situaciones que nunca van a ocurrir y
empleamos toda nuestra fuerza en esperar a que sucedan en vez de
arreglar nuestra realidad. Al final es agotador vivir en las nubes. Es
hora de poner los pies en la tierra y luchar. Busca lo que quieres y
toma decisiones, no dejes que otros las tomen por ti. Sé valiente y
arriesgate. No pierdes nada.
G.Ferestradé
viernes, 22 de febrero de 2013
lunes, 14 de enero de 2013
Tú, ti, te, contigo
A veces, simplemente se trata de cerrar los ojos y creer que es posible. Pero, la mayoría de las veces, eso es solo el principio.
El otro día vi algo que aparte de instarme a actuar, me enseñó que si quieres, puedes.
Sin embargo, siempre pensamos que tienen más posibilidades de ganar nuestras limitaciones que nuestra voluntad. Necesitamos constantemente una motivación externa que nos facilite las cosas, que nos permita tener más fe en nosotros mismos y gracias a la cual poder avanzar. Necesitamos que nuestra gente más allegada nos de ánimo y aliento en cada decisión y, equivocadamente, acabamos dando por hecho que son ellos los que tienen que tener fe en nosotros y nuestro progreso, cuando en verdad, somos nosotros quienes nos debemos esa fidelidad.
Al fin y al cabo, el único que reside dentro de tí mismo, eres tú y el único que puede reprocharte, pedirte y exigirte, eres tú. Porque eres quien ha vivido contigo desde el principio, quien más te conoce aunque pretendas negarlo para eximirte de responsabilidades y con quien, con todo seguridad, estarás el resto de tu vida. Lo demás es una incógnita, y además es inconstante, pero precisamente por eso, tú te debes constancia a tí mismo. Al fin y al cabo, qué menos que cuidarte y velar por tí. Si no lo haces, acabas esperando que otros lo hagan en tu lugar y siempre te parecerá insuficiente, porque hay cosas que solo puede hacer uno por sí mismo. Y, perdón por repetir en exceso las palabras tú, tí, te, contigo, pero a veces son necesarias.
Y, cuando te mimes y te quieras, serás capaz de entregarte a los demás, sin sentir una carencia y vacuidad total. Entonces, podremos dar más de nosotros al mundo, sacar una sonrisa de agradecimiento, estar dispuestos a dar sin recibir a cambio y, por supuesto, estaremos un poquito más cerca de la felicidad. Creo que esa palabra está sobrevalorada. Creo que pequeños gestos conforman una gran felicidad o llámalo alegría o plenitud o bienestar. La felicidad no es tan difícil de alcanzar. Pruébalo y verás.
G.Ferestradé
El otro día vi algo que aparte de instarme a actuar, me enseñó que si quieres, puedes.
Sin embargo, siempre pensamos que tienen más posibilidades de ganar nuestras limitaciones que nuestra voluntad. Necesitamos constantemente una motivación externa que nos facilite las cosas, que nos permita tener más fe en nosotros mismos y gracias a la cual poder avanzar. Necesitamos que nuestra gente más allegada nos de ánimo y aliento en cada decisión y, equivocadamente, acabamos dando por hecho que son ellos los que tienen que tener fe en nosotros y nuestro progreso, cuando en verdad, somos nosotros quienes nos debemos esa fidelidad.
Al fin y al cabo, el único que reside dentro de tí mismo, eres tú y el único que puede reprocharte, pedirte y exigirte, eres tú. Porque eres quien ha vivido contigo desde el principio, quien más te conoce aunque pretendas negarlo para eximirte de responsabilidades y con quien, con todo seguridad, estarás el resto de tu vida. Lo demás es una incógnita, y además es inconstante, pero precisamente por eso, tú te debes constancia a tí mismo. Al fin y al cabo, qué menos que cuidarte y velar por tí. Si no lo haces, acabas esperando que otros lo hagan en tu lugar y siempre te parecerá insuficiente, porque hay cosas que solo puede hacer uno por sí mismo. Y, perdón por repetir en exceso las palabras tú, tí, te, contigo, pero a veces son necesarias.
Y, cuando te mimes y te quieras, serás capaz de entregarte a los demás, sin sentir una carencia y vacuidad total. Entonces, podremos dar más de nosotros al mundo, sacar una sonrisa de agradecimiento, estar dispuestos a dar sin recibir a cambio y, por supuesto, estaremos un poquito más cerca de la felicidad. Creo que esa palabra está sobrevalorada. Creo que pequeños gestos conforman una gran felicidad o llámalo alegría o plenitud o bienestar. La felicidad no es tan difícil de alcanzar. Pruébalo y verás.
G.Ferestradé
jueves, 10 de enero de 2013
¿Quién quieres ser?
Sobredosis de naturalidad
Plausible ejercicio en la intimidad
Jugar a ser uno mismo en el partido de la
realidad
¿Quién es el campeón? ¿Cuál es el premio?
Agota estar al servicio de los demás
Esculpir sus sueños con sonrisas de
estereotipo
Adorar el santo beneficio de no defraudar
Y olvidar el enorme desgaste de olvidarse
Empezar a construirse de nuevo cada día
Para encajar en el molde de la sociedad
Ignorando que a cada momento se derrumba tu
identidad
Qué difícil es mantenerse a flote en un vaivén
de olas de influencias
Qué cómodo es dejarse arrastrar por la
corriente hasta tocar fondo y despertar
G.Ferestradé
lunes, 31 de diciembre de 2012
Nuevo año
Tras la
ventana, la niebla brotaba abrumadora, espesa, como una densa capa de
pesadumbre, difícil de quitarse de encima. Una bonita estampa navideña. Las
luces se habían ocultado tras su rostro sereno pero gélido que empapaba de
melancolía cada rincón.
El
silencio dominaba las calles. Pequeños aullidos se oían en la lejanía,
rompiendo la aparente quietud que se había instalado sin previo aviso ni
autorización. En la oscuridad de la invernal tarde se dibujaron algunas sombras
pálidas, sedientas de la tan perseguida felicidad típica de aquellas fechas.
Sin embargo, los pocos rostros que se dejaban ver en la austeridad de las
calles vacías, mostraban una mirada cansada y poco exaltante de alegría. ¿Acaso
nadie más podía percibir sus inquisitivos ojos pidiendo redención y consuelo?
Era de suponer que ellos no disponían del tiempo suficiente para robarles un
fugaz atisbo. Sin embargo, no hacían más que tropezarse con esas figuras
molestas que les impedían caminar al ritmo rápido al que ellos acostumbraban.
Ellos,
que tan estrepitosamente pasaban la Navidad. Que tanto llenaban sus estómagos
saciados del exceso de placeres inconmensurables. Necesitaban sentir esa
inmensa plenitud al hinchar sus prominentes barrigas para compensar las
carencias de una vida demasiado colmada de bienes, falta de verdaderas
emociones. Les encantaba jugar al derroche, era su debilidad. Cuanto más
sobraba, más desechaban. Y en aquella peculiar partida de egoísmos, luchaban
entre ellos para tener cada vez más. Qué paradoja.
Llenaban
sus enormes agujeros negros de aburrimiento, con vanas distracciones que les
alejaban de una realidad hacia la que no querían mirar. Ahora estaba claro
porque nunca veían. No querían. Tenían otras cosas mejores con las que
entretenerse, la mayoría de las cuales quedarían en el olvido una vez llegaran
otras mejores. Siempre había algo que incrementaba su ansia por inflarse en el
mundo de las necesidades inventadas. Qué disparatada imaginación tenían. Habían
creado un sofisticado recurso de evasión que les convertía en almas
aparentemente sanas y satisfechas. Pero la realidad es que les había consumido
el monstruo del conformismo. Les había consumido el tedio de consumir sin
esfuerzo, de conseguir sin trabajo. Solo
querían aquello de lo que no podían disponer. Todo lo que ya poseían era algo
que quedaba relegado a la cotidianeidad y a lo que no prestaban la más mínima
atención. ¿Para qué molestarse en preocuparse si ya lo tenían atenazado entre
sus poderosas manos? Tan plenamente seguros de la fuerza con la que lo agarraban,
que no daban opción a la libertad de la escapatoria. Lo que era suyo, era suyo
y de nadie más.
Se
habían establecido posesiones de las que se alardeaba y con las que se instaba
a la batalla; al fin y al cabo, una guerra más que menos no iba a cambiar el
mundo. En sus mentes, estaban relegados a la imposibilidad de que las cosas
pudieran ser diferentes y habían terminado por creer que debía ser así. Nunca
nada tiene que ser de una única forma determinada. Siempre hay otras
alternativas, otras posibilidades. Por eso existe la creación, la voluntad, la
convicción y el cambio.
Por
eso, hoy, último día de un año más, es un buen momento para empezar a creer.
Tan bueno como cualquier otro, pero quizás al cerrar una etapa más en nuestras
vidas, somos capaces de mirar atrás, hacer balance y proyectarnos hacia lo que
queremos ser. Creer en nosotros mismos y no en las circunstancias. Hoy se piden
muchos deseos, se declaran muchos propósitos y demasiadas voluntades de cambio.
Hoy se pisa con el pie derecho y se abraza con fuerza a quienes más amamos. Hoy
se ríe y se baila. Se hace aquello que nunca nos hemos atrevido. Se bebe más de
la cuenta. Quizás para olvidar, quizás para dejar de recordar o simplemente
para celebrar. Hoy es la noche en que todo está permitido. Sobre todo, la noche
en que reina la alegría. Y, ¿por qué no siempre así? ¿Por qué no estrechamos
ese lazo de fraternidad los 364 días restantes? ¿Por qué no convertimos esa
esperanza, esas ganas de conseguir, esa eterna sensación de fiesta en una rutina
diaria?
Y,
porque no, bajarnos de vez en cuando de nuestra veloz noria y detenernos a
mirar a nuestro alrededor. Probablemente nos encontremos con muchas personas
que nos necesitan, muchas para las cuales somos especiales, importantes. Seguro
que más de las que inicialmente habíamos calculado.
Así que
no dejes de felicitar. Felicíta a cada una de ellas por ser como son, por
cuidarte, por mimarte, por quererte incondicionalmente a pesar de las
dificultades que hayan surgido en el camino. Felicítalas por estar siempre ahí.
Y, quédate a su lado para celebrarlo juntos, no solo esta noche, sino todas las
noches del año.
FELIZ 2013
G.Ferestradé
viernes, 28 de diciembre de 2012
Solo ella
Ella. Siempre ella. Se arrastra silenciosa,
inmutable, imperturbable con su innata elegancia misteriosa, como una ligera
brisa marina que aturulla la razón y embota los sentidos. Se desliza rauda
sobre su escenario, dejando tras ella un leve aroma a desazón.
Es fría como el hielo, pero quema si permanece
mucho tiempo cerca de un alma solitaria. Quizás es su mejor forma de vengarse
de todos aquellos que alguna vez la hemos sentido y nos hemos querido deshacer
de ella lo más pronto posible. Quizás es por eso que no es nada amigable.
Araña el corazón y chupa la sangre como un
vampiro en mitad de la noche, deseosa por arrancar vida. Inunda de sombras cada
duda, cada escollo, cada ruptura en nuestra voluntad de deseo.
¿Y, es que, acaso nos hemos parado a escucharla?
¿Alguna vez nos hemos preguntado el origen de su aparente desagradable
sensación?
Ella. Nos alivia como un bálsamo calmante que
cicatriza las heridas y las mece sobre el vaivén de la memoria. Nos abraza con
sus tentáculos insolventes e incondicionales.
Nuestra más preciada compañía. Nuestro espejo
hecho añicos. Nuestra imagen emborronada tras un sueño roto. ¿Acaso hay alguien
que no la conoce? Sobre ella vertimos toda clase de frustraciones y miedos. A
ella es a quien propinamos todo tipo de golpes; golpes que nos negamos a
asestarnos a nosotros mismos.
Es el reflejo amargo de nuestras ambiciones
deshechas por la falta de valentía para enfrentarnos a lo que queremos ser.
¿No sería mejor pasar más tiempo con ella? ¿No
desahuciarla tan rápido de nuestros pensamientos? ¿No es sino, una fuente de
conocimiento propio que nos permitiría escuchar entre el ruido de la vorágine
en la que vivimos atrapados?
De ese modo, conseguiríamos vernos con mayor
claridad. Apartar la oscuridad en la que vivimos inmersos y dar un poco de luz
a nuestra realidad. Porque, tal vez, su compañía sea la mejor forma de dejar de
estar solos.
Su nombre es soledad y vive en cada rincón,
escondida, esperando el momento adecuado para ser llamada y acudir en nuestro
rescate.
A veces preferimos vivir la intensidad
verdadera de la realidad, el misterio de la incertidumbre del devenir de la
vida en función de nuestras elecciones o las emociones fuertes palpables
físicamente que la abstracción de los sentimientos, que implica adentrarse peligrosamente
en la senda de nuestro propio yo. Evitamos intimidar con nuestra soledad por si
nos visita frecuentemente.
Foto: Gema Fernández
G.Ferestradé
sábado, 22 de diciembre de 2012
¿Quién dijo miedo?
¿Qué es el miedo sino una barrera protectora
frente a nuestras propias limitaciones? ¿Qué es sino un impulso represivo
frente al desconocimiento de una posible frustración? ¿Qué es sino un ladrón de
nuestras ambiciones? ¿Qué logramos inhibiendo la parte más envalentonada de
nuestra naturaleza? ¿Adónde queremos llegar?
Algo te aplaca los sentidos, te ciega el
instinto de la fe personal, te desmorona los esquemas de tus objetivos, te
conduce por la peligrosa senda de la desmotivación total y absoluta y te lleva
a perder: perder ganas de ganar, perder ganas de aprender, perder ganas de
luchar.
Miedo no, tan solo precaución, en este mundo
abocado a las pasiones dirigidas por mentes controladoras, a los sutiles
cuentos de reflexión racional, teñidos de dominio masificado a través de
baratas oportunidades de autorrealización.
Miedo no, tan solo firmeza ante los débiles
cimientos idealistas sobre los que sustentamos nuestras aspiraciones en un
terreno de arenas movedizas en un medio hostil.
Miedo no, tan solo respeto frente a lo
desconocido que sobrevuela el cielo y puede posarse sobre nuestro hombro,
abriéndonos un camino hacia lo inexperimentado.
¿Qué es sino aquella máscara que nos ponemos
para evitar que vean nuestro verdadero rostro? ¿Aquella capa de héroe que
impide ver los destellos de la fragilidad que nos embarga cuando la lucha nos
sobrepasa?
Foto: Gema Fernández
G.Ferestradé
domingo, 16 de diciembre de 2012
Fuera de tiempo
Había olvidado cómo detener el ritmo de su acelerada carrera a
contracorriente. Trepaba y trepaba sobre los días del calendario, cuyas hojas
se deslizaban impetuosas y raudas sobre su piel de acero, imperturbable,
metálica. No recordaba la indescriptible sensación de euforia al conectar su
antorcha llameante de latidos incansables con los de otro fuego cercano
fundiéndose en un gran incendio, después de la chispa inicial invisible a la
retina humana.
Hacía tiempo que no saboreaba la belleza de las palabras
plasmadas, ya no danzaban lentamente por la pluma de su imaginación, ahora ya
no había tiempo. Sentir, sentir, eso es lo que echaba de menos.Abandonarse a la mera ilusión de la emoción, aquel viaje de sueños que se conectan con la sonrisa de la realización. Había huido del misterio de la incertidumbre que se experimenta al vivir el día a día, dejándose eclipsar por su elixir centelleante, aprendiendo a desgastar sus horas, a exprimir sus segundos y a extraer de cada minuto una lección futura.
Había olvidado que es preciso renacer cada día con un nuevo amanecer, sin dejar de mirar la luna al anochecer.
Había evitado involucrarse en el ahora, para pensar en el después, obviando el hecho certero de que la primera es una palabra efímera y la segunda quizás inexistente o simplemente impredecible.
Demasiados planes en el camino y pocas sensaciones impregnadas en el escote de la realidad.
Se había abrochado el cinturón de seguridad como medida de prevención, olvidando una vez más, que muchas prevenciones acaban por terminar ahogando, ante peligros inexistentes. Es mejor dejarse arañar por las garras de la experiencia, para aprender a sacar las uñas ante gigantes ensombrecidos que tratan de aspirarnos y tragarnos para siempre.
Déjate llevar, potencia al máximo tus sentidos, percibe el maravilloso aroma placentero del amor, agudiza el oído para deleitarte con la sinfonía del conocimiento.
No dejes de aprender, sé esponja que absorbe hasta la última gota de vida y sobre todo, nunca te ahogues ni te quedes sediento.
G.Ferestradé
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